UN PASEO POR EL PARQUE

Una suave tranquilidad cubre la ciudad, es una mañana de domingo,  ¡domingo! ¡Un paseo en bicicletas!  yo y mi niño, yo monto la mía y él la suya, jugamos a perseguirnos, a que somos jinetes montados en caballos de cuentos, nuestro rumbo se transforma en una cálida experiencia, el sol arriba quemándonos, como lo dice la canción de nuestra querida Violeta Parra.

Hay poca gente, algunos niños jugando en el húmedo pasto, algunas mascotas paseando, meneando sus colas, casi tan o igual de contentas que nosotros.  El aroma de los árboles, ese aroma incomparable que llena de vida, de energía se siente a lo largo del camino, mientras los pedales giran, nos conducen por los arrinconados bosques, aparecen coloridos columpios, risas de niños, se divisa el puente, ese puente único  y esa enorme torre que cuando era niña la creía mi castillo.  Momento para descansar, para respirar y tomar un poco de agua, y mi pequeño rey preguntándome  si yo visitaba el Parque El Loa cuando era niña.  Sí, y se me llena la mente de recuerdos tiernos e imborrables, me transporto al pasado y me veo como niña junto a mis hermanos, junto a nuestro abuelito que nos traía a pasear a este parque cuando recién comenzaba su cimentación, las máquinas y sus fieros ruidos, las retroexcavadoras funcionando,  los trabajadores cargando enormes bloques; sí, y nosotros paseando felices con el abuelo.   Subíamos y bajábamos  las escaleras que nos acercaban al Río Loa, y allí aprendíamos lo maravilloso de nuestra tierra, allí contemplábamos el majestuoso río que nos rodeaba; agarrábamos ramas de brea  para espantar a los afamados matapiojos, y el abuelo, cubriendo su rostro del sol con un periódico doblado, lo que le resultaba imposible esconderse del potente sol.

Recuerdos y dulces sentimientos, la niñez más hermosa que pude tener, la viví como una heredera rodeada por un majestuoso río que me vio crecer y alcanzar mi madurez.  Ahora mi pequeño caballero disfruta su parque, sus árboles, su río, su puente;  y la felicidad resplandece en mi mundo natural, mi río, mi puente, mi torre, mi Parque El Loa.

Evelyn Rodríguez

EL MINERO

EL MINERO todos los derechos reservados a dreamindly

Fotografía de dreamindly. todos los derechos reservados

Todo el día aquí en la misma pose, sin moverme siquiera un milímetro, soportando el calor agobiante del sol por el día, y el frío congelante por la noche.

Cada día veo pasar tantas personas y tantas vidas. En cada paso que dan me muestran parte de sus existencias. Como aquel joven, audífonos puestos tarareando uno de sus temas favoritos imaginado fama y dinero igualando a su idolatrado cantante; o aquella hermosa señorita, que con impaciencia mira una y otra vez su celular, esperando que con ello aquel que le juró amor eterno le llame; o a los tantos niños y niñas jugando a corretear palomas, acercándose a los mismos perros de siempre que mantienen este paseo como su hogar. Tantas vidas veo pasar, y yo aquí, sin poder moverme siquiera un milímetro.

Bien seguido aparecen personas que gustan de inmortalizar su visita con alguna fotografía de mi figura  acompañándolos. Sin embargo, nunca nadie me ha preguntado mi nombre. Nunca nadie me ha saludado o dado las gracias. Simplemente soy visible cuando gustan de inmortalizar su visita con alguna fotografía de mi figura acompañándolos. Qué extraño; creo que he escuchado esa frase de alguna parte.

He perdido la noción del tiempo aquí, quieto, sin moverme siguiera un milímetro. Creo que poca y nada cordura me queda. Ya no recuerdo cuando llegué aquí. Ya no recuerdo mi nombre. Solo me queda aquella frase que pronuncian cada vez que quieren inmortalizar su visita; “Ponte ahí, delante del minero”

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L’ AMOUR

Sentado en el paseo Ramirez esperando que las horas terminaran de pasar, de la nada se me acerca la chica más hermosa que he visto en mi vida.

“Hola, disculpa mi español. ¿Como llego a el parque El Loa?” me dice en lo que parece ser un marcado acento francés. Sus ojos avellana me dejan pasmado unos cuantos segundos, y aunque aún perplejo estoy, le explico lo mejor que puedo las indicaciones necesarias para que encuentre su destino.

“Muchas gracias” me dice mientras su mirada busca no se que cosa, como si esperara algo más que mi corto y apagado “de nada”. Suspira, arregla su mochila de turista y camina varios pasos para luego voltear, levantar su brazo y agitarlo un poco en alusión de un “adiós” acompañado de una bellísima sonrisa. No me atreví a contestar, y aunque mentalmente le gritaba a mis pies “corran”, tampoco me moví, y ella se marchó.

Un par de horas después el arrepentimiento me hizo caminar hasta el parque, y en cada paso que daba rezongaba para mí lo tonto de mi actuar y me repetía una y otra vez “no la encontrarás, se ha de haber marchado hace mucho”. Al llegar, en una de las bancas, sentada y leyendo se encontraba aquella chica. Me acerqué temeroso y parándome frente a ella dije: “Hola, veo que llegaste al parque”. Asintió con la mirada y con su hermosa sonrisa.

“Clarisse, mi nombre es Clarisse. ¿Gustas sentarte?” me dijo. Y yo; por supuesto que lo hice.

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INSTANTÁNEA DE INVIERNO LOÍNO

Viernes, ubica la llave en el portillo de su apartamento; acaba otra gélida semana de invierno. No es el mismo que comenzó en Lunes abrigando cálidos anhelos.

Frío e insomnio, cómplices de sus últimas noches, no han hecho más que agrietar su credo.

En una caliente taza de Té pretende encontrar la senda a su desorientado espíritu, dar claridad a su mente, no han sido días buenos.

El ladrido de un perro rompe su paciencia, pero también destella su razonar. Necesita con premura dejarse cobijar nuevamente por la majestuosidad de la eterna Madre Tierra, una vez más deslumbrarse con su infinita magia, volver a extasiarse con su inigualable e indomable belleza.

El efecto del Té comienza a relajar sus párpados, la fatiga laboral termina derribándolo, pero no sin antes concertar un viejo gozo en su mente.

Amanecer sabático y con él también despierta aquel antiguo goce. Coge a su eterna compañera, aquella que lo ha acompañado en sesiones pasadas, única testigo de sus más grandes aventuras fotográficas. Limpia la lente de su cámara, su objetivo es diáfano…el Desierto de Atacama, en donde sabe lo esperan cúmulos de renovadas energías.

Acomoda el espejo retrovisor, ríe consigo mismo, es perfectamente consciente que por muy fríos que sean sus días, en El Loa, el Sol no dejará jamás de resplandecer ideas y abrigar nuevas esperanzas

Tatai Tchalti, 34 años.

LOS GUARDIANES DEL COBRE

Era la tercera carga de explosivos y todo el equipo estaba asombrado. No comprendían cómo se les había escapado esa zona rocosa en la exploración previa. Tres meses de planificación y el esfuerzo se estaba perdiendo totalmente.

Chuquicamata a rajo abierto ya no existía hacía un par de años, y la explotación subterránea del cobre era una realidad. Los geólogos, ingenieros y ejecutores estaban orgullosos de las tareas que demostraban toda su competencia en el proyecto. Salvo una mínima cantidad de detractores, todo era paz y buena gestión. En realidad, casi todo.

Escuchar a los pro ambiente era una cosa, pero escuchar al solitario fanático religioso que insistía en que estaban abriendo las puertas del infierno, ya estaba poniendo a todos bien nerviosos. Los trabajadores más supersticiosos habían renunciado presos del pánico cuando juraron escuchar un horrible lamento desde lo más profundo de la excavación. Y aunque la cuadrilla de supervisores era del todo profesional, habían visto cortada su confianza en sí mismos con la seguidilla de extraños sucesos.

La cuarta carga de explosivos y por fin el terreno cedió. Todos secretamente estaban nerviosos y algo asustados. Todos estaban pendientes, y con un pie ligeramente dirigido hacia la salida como su estuvieran esperando el disparo de un juez de atletismo. Todos sintieron terror, cuando de pronto un fuerte olor a carne podrida emanó desde del recién creado túnel, y un grito gutural retumbó en las paredes de lo que ahora ya no parecía un túnel, sino más bien, una extraña caverna.

Alguien gritó “Les dije que esto parecía una puerta de piedra”, pero la advertencia ya era tardía. El primer grupo de personas se redujo a tripas y sangre de un segundo a otro, mientras que; los que estaban inmediatamente tras ellos quedaban petrificados por el shock y el miedo bañados en los restos de sus compañeros. No corrieron, simplemente se quedaron allí como pobres ovejas encandiladas por una fuerte luz, esperando que sus vidas se apagaran brutalmente.

Los demás, comenzaron a correr hacia la salida, hacia la superficie; empujándose y gritando. Aquella cosa que había aparecido luego de la explosión emitió una especie de rugido visceralmente animal. La desesperación aumentó entre los supervivientes al constatar que era más de un grito, lo que confirmaba lo peor. Era una horda.

Las criaturas infernales avanzaban rápidamente aniquilando con sus fauces cada cuerpo humano que alcanzaban. Desgarraban no solo la carne, también el alma de los infortunados trabajadores.

El calor del  cobre fundido emanaba de las profundidades. Los guardianes de la veta venían por su tributo. Las historias de aquel fanático terminaban siendo ciertas. Las puertas del infierno habían sido abiertas y ya nada, podría mantenernos a salvo.

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Jcoronelc